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Artículos Es divertido hasta que alguien se hace daño

No disparen al fascista

Esto está pasando. Como español, no puedo decir que me sorprenda que el neonazismo se venga arriba. De hecho, en parte encuentro un egoísta consuelo al ver que mi país no es el único con semejante abundancia de gilipollas. Lo que uno jamás hubiera dicho es que el Cuarto Reich se caracterizaría por tomarse tan a pecho las críticas.

Pero vamos por partes, que nos liamos: Hace unas semanas, Machine Head empezaban a lanzar adelantos de su último trabajo, Catharsis. Entre estos adelantos destacó un tema, titulado Bastards, que no solo fue criticado por no sonar ni remotamente a Machine Head; muchos pusieron el grito en el cielo porque Robb Flynn la compuso como respuesta a los sucesos de Charlotesville, donde ultraderechistas, miembros de la “alt-right” y hasta el mismísimo Ku Klux Klan desfilaron por la ciudad hasta que un idiota decidió embestir con su coche a decenas de contramanifestantes y acabó con la vida de Heather Heyer. El lyric-video de Bastards corrió como la pólvora entre la escena metalera de derechas – esto existe – y cientos de furiosos despojos humanos no tardaron en acusar a Flynn de maricón y de haberse vendido a los SJW ( Social Justice Warriors, término que, si eres suficientemente idiota, puedes usar como insulto) y en amenazar al grupo, llamar al boicot, e incluso asesorar la carrera de la banda con un consejo de lo más español: No os metáis en política.

Aparentemente, si no eres como ellos, eres este tío.

Esto no es nuevo para Flynn, quien ya se metió en camisa de once varas al criticar abiertamente a Phil Anselmo por ponerse en plan Tabarnia durante un concierto. Pero sí hay algo relativamente nuevo en esta: Nazis ofendidos. De algún modo, gente que piensa que lo ocurrido en Charlottesville debería estar libre de toca crítica, ha sentido la necesidad de protestar porque un músico los ha llamado bastardos. La todopoderosa alt-right, que ha conseguido justificar cualquier razonamiento injustificable gracias a sus interminables jornadas delante del ordenador (¿serán todos alcaldes del PP como Pastrana?) y ha normalizado respuestas argumentativas – como el snowflake/butthurt que ha sustentado el Trumpismo – que sonrojarían a un niño de 9 años, no puede aguantar un insulto. Y la cosa no acaba ni empieza aquí.

Si alguien intenta cerrar una discusión con esto, abre fuego.

Unos meses antes de Bastards, la compañía de videojuegos Bethesda empezaba la campaña publicitaria de Wolfenstein 2: The new colossus, la nueva entrega de una saga durante más de 30 años nos ha brindado horas de diversión matando nazis. Ninguno de los juegos anteriores se encontró ningún tipo de resistencia, pero el futuro es ahora y el futuro es una mierda. Cuando The New Colossus – que se desarrolla en unos Estados Unidos invadida después de que Alemania lanzara una bomba atómica sobre Manhattan – empezó a publicitarse bajo el lema “make America nazi-free again” saltaron las alarmas en los cuarteles generales del club de fans de Adolf Hitler por todo el país: Al parecer también era intolerable que un videojuego les faltara al respeto de esa manera. El vicepresidente de Bethesda, Pete Hines, declaró con sorna: “comenzamos a desarrollar Wolfenstein 2 hace años, y es pura coincidencia que el año de su lanzamiento hayan nazis marchando en las calles de América. Lo inquietante es que este juego pueda considerarse una declaración política”. Y Hines tiene razón, ¿qué hay de político en disparar a nazis? 
Porque hasta hace nada, esto parecía algo aceptado por todas las partes; no se vieron protestas de ultraderechas ante las películas de Indiana Jones, los nazis de Illinois no censuraron a los Blues Brothers y hace unos años, cuando Quentin Tarantino llevó a la estratosfera la máxima de John Millius “dame papel y boli y puedo matar a quien yo quiera” llenando de plomo a Hitler al final de Malditos Bastardos, no hubo ninguna queja mínimamente relevante. Antes no había problema, pero aquí estamos ahora, teniendo que preocuparnos por sus sentimientos.
En pleno 2018, la guitarra de Woodie Guthrie sería inapropiada.
Es complicado saber exactamente cuántas cosas han pasado para llegar a este punto en el que estos mamarrachos pueden exigir a un artista que les trate con delicadeza, pero la verdad es que coincide bastante con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Trump ha realizado todo tipo de movimientos asombrosamente ridículos y desvergonzados para llegar a donde está ahora, pero probablemente movilizar a todos los supremacistas del país para que nos lloren encima ha sido el más brillante. Apelar a la tolerancia para dar pista a los intolerantes es poco menos que una jugada maestra.
Y si al final del hilo está Trump, ¿Qué pasa en España?

““Comenzamos a desarrollar Wolfenstein 2 hace años, y es pura coincidencia que el año de su lanzamiento hayan nazis marchando en las calles de América. Lo inquietante es que este juego pueda considerarse una declaración política”.”

Pete Hines

Pues a ver. España, para los no iniciados, es un país maravilloso para quien quiera pertenecer a la ultraderecha. La España de ahora, la de la fundación Francisco Franco, la de la lupara de Losantos, la del tobillo vendado de Melissa Ruiz, es un sitio raro donde puedes acabar en el trullo si tuiteas, cantas, o si un policía de trapo te acusa de apoyar a Alka-Eta. Pero curiosamente no encontramos muchos casos de neonazis ( o como los medios de comunicación, en su constante proceso de beatificación los llaman, “ultras”) haciendo público un desagravio. Algo sorprendente porque no son pocas las veces que colectivos de cuerpos de seguridad del estado, políticos, asociaciones como la AVT, tertulianos varios y, más que nadie, grupúsculos católicos han cargado contra artistas de toda índole por infinidad de motivos, con la garantía de victoria que les ofrece el sistema judicial de una democracia francamente avanzada como la nuestra. Incluso en los ataques más frontales y visibles, como la portada que El Jueves les dedicó hace unos años, nuestros energúmenos patrios respondieron a su manera (véase, pegarle a la directora de la revista y salir por patas) pero no hubo ningún intento serio de llevarlo al debate público. Y eso que tienen las de ganar.

No te rías que es peor.

Puede que la explicación sea que la derecha ha dado tan por perdida la lucha en los sectores del arte y de la cultura (la última aportación de Marta Sánchez es como la tauromaquia, no cuenta como ninguna de las dos) que sus miembros más proactivos no se esfuerzan demasiado por hacerse un hueco. Al fin y al cabo, llevamos años escuchando eso de que el cine español es un club privado de “progres” – nunca olvidemos que en España, una palabra derivada de “progreso” se usa con fines peyorativos – y que los músicos españoles son todos unos socialistas aprovechados, aunque sean afirmaciones bastante, como poco, discutibles. Sí que tienen una mejor representación en el “periodismo” y la literatura, siendo muchos de los mejores escritores contemporáneos una panda de cretinos recalcitrantes, pero probablemente cae en saco roto porque el negro sobre blanco nunca ha sido la predilección de ningún cabeza rapada (o sí).

Lo que cabe preguntarse ahora, teniendo en cuenta que lo que ocurre en Estados Unidos acaba llegando aquí tarde y mal, es si vamos a encontrarnos estos comportamientos de aquí a poco. Los artistas españoles, que bastante tienen ya con la fiscalía y la Audiencia Nacional haciéndoles bullying, podrían acabar dándose de bruces con una horda de ciberfachas incapaces de encajar una crítica en silencio y peor aún, con los falsos conciliadores mediáticos dispuestos a esgrimir eso de “los extremos se tocan” a cambio de unos likes. De momento, las redes se siguen llenando de personajes que intentan que la intolerancia sea respetada. Cualquiera que pueda escribir, cantar, pintar o filmar tiene que aprovechar la oportunidad de evitar que esto suceda.
 Pero eso sí, con cuidado. No vayamos a herir sus sentimientos.

M. Pérez

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